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Un “Memorial Ferroviario” que hace aparecer y devuelve los nombres de nuestros ferroviarios…

Compartimos las palabras de Alexis Oliva en la apertura del acto de la Bienal Ferroviaria Audiovisual de Cruz del Eje

Por Alexis Oliva, 31 de julio de 2026, en los andenes de la Estación Ferroviaria de Cruz del Eje…

Agradezco la invitación de Carly Murúa y los compañeros y compañeras de la Bienal Ferroviaria Audiovisual para presentar este memorial. Al aceptarla, me impuse la tarea de ser emisario de las historias y voces de los protagonistas. Al menos, de algunas.

Ramón Enrique Merlo tenía 54 años de edad y le faltaban muy pocos para jubilarse cuando el 15 de mayo de 1978 el dictador Jorge Rafael Videla y su ministro José Alfredo Martínez de Hoz decretaron el cierre y demolición del taller ferroviario de Cruz del Eje. Tenía cuatro hijos, el menor todavía en la escuela primaria. Fue trasladado al taller de Laguna Paiva, Santa Fe, donde vivía en una pensión y apenas podía venir a Cruz del Eje un fin de semana por mes.

Carlos Rafael Oliva y Hugo Evando Álvarez tenían 38 años, habían ingresado al ferrocarril siendo adolescentes estudiantes de la escuela técnica. Les ofrecieron el traslado a Alta Córdoba pero decidieron quedarse en Cruz del Eje al costo de perder su trabajo. Carlos consiguió empleo en Industrias Plásticas Norteñas y Evando en su escuela. La gran mayoría no tuvo esa suerte.

Juan Alberto Escobosa era jefe del taller y cuando le avisaron del cierre no quiso tener que comunicar a sus compañeros el final de su fuente de trabajo: “Les dije que no admitía cumplir esas órdenes, que era como pedirle al condenado a muerte que cavara su tumba, y renuncié. Dejé atrás 28 años de trabajo y de aportes, así que no recibí indemnización, pero gané en tranquilidad de conciencia”, relata en la película Ferroviarios, de Verónica Rocha. Esa ingrata tarea le tocó a Ismael Brion, quien lo sucedió en el cargo. Para un artículo titulado Los rieles de la memoria, me contó sobre la demolición: “A mí me dolió tremendamente ver derrumbado el frente del taller, que era como un pedestal, una imagen de lo que era Cruz del Eje. Y me recuerdo cómo se lo volteó. Con una topadora con un cable enlazado a la parte superior. En ese momento sentí como si me arrancaran parte de la vida… Y se me cayeron las lágrimas”.

Roque Moyano, otro de los cesanteados, soñó durante muchos años con la sirena que los llamaba al trabajo. Era su pesadilla implacable. Quizás la de muchos otros. En esos años, además de 18 cruzdelejeños asesinados o desaparecidos, también se asesinó y desapareció la fuente de trabajo de dos mil coterráneos. Víctimas de la misma dictadura, aquellos de su plan de exterminio, estos del plan económico de entrega y miseria. El ferroviario e historiador Juan Carlos Cena fabricó un término que sintetiza este paralelismo: “Con el ferrocarril desintegrado, más los ferroviarios expulsados, el sistema comete en un mismo acto, un gigantesco FERROCIDIO”.

Pero también hubo épocas de dignidad, esperanza y progreso. Dreifo Omar “Tuti” Álvarez, ferroviario y abogado laboralista, entró al taller en la década de 1950: “Gracias al ferrocarril yo pude estudiar. Cuando entré, era un chico de trece años y me encontré con esa mole impresionante, y fue muy emocionante. Aunque no lo crea, lloré cuando cobré el primer sueldo, con el que le compré a mi vieja una fiambrera y una radio”.

Más atrás, en 1928, Héctor del Olmo era “pantalón corto” –como se decía entonces– cuando ingresó como aprendiz con 14 años. El médico que lo revisó y le firmó el apto psicofísico se llamaba Arturo Umberto Illia, luego Vicegobernador de Córdoba y Presidente de la Nación. En un concurso para un ascenso, además de varias pruebas de matemática, Del Olmo debió escribir un texto sobre los Deberes del empleado público. En uno de sus párrafos plantea: “Del estricto y consecuente cumplimiento de su deber, depende, no solo el normal desenvolvimiento de los trámites administrativos confiados a su atención, sino también el prestigio y el concepto que merece la repartición pública en la cual desempeña sus tareas cotidianas en forma eficiente y meritoria, y desde la cual el empleado público pone al servicio de la Patria, su capacidad, su honradez y su cultura, para que el Estado merezca el respeto de propios y extraños”.

A propósito de la gestión del Estado, un par de décadas antes, el presidente Julio A. Roca quiso impulsar una serie de reformas para contener la conflictividad social y sindical. Con ese fin, encargó al catalán Juan Bialet Massé un diagnóstico de la situación obrera. El médico, abogado y agrónomo recorrió el país y elaboró un Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República, publicado en 1904, que se convertiría en un alegato por los derechos humanos en el mundo del trabajo.

Allí, a pocos años de iniciada la historia ferroviaria en el noroeste cordobés, Bialet Massé escribe: “Los talleres de Cruz del Eje son sanos, bien ventilados e higiénicos, teniendo todos los aparatos de protección y precaucionales necesarios. En el año 1902 (última estadística), no hubo ningún muerto ni herido, empleado ni obrero”. Las autoridades del ferrocarril cruzdelejeño “merecen bien un aplauso de las gentes humanitarias y que se les aliente en esa senda”. Por eso exaltaba la gestión estatal frente a la de capital privado inglés o francés: “Cuando yo he presentado este modelo a varios administradores o empleados de otras empresas, me han contestado uniformemente: «Es que el Gobierno ha creado esos ferrocarriles con otros fines que los nuestros, que no son sino exclusivamente comerciales; los accionistas piden el mayor dividendo posible», con lo cual demuestran que no entienden una palabra de la cuestión obrera”.

Para él, para muchos otros y para nosotros “la cuestión obrera” es una cuestión profundamente humana. Ese sentido de humanidad ha inspirado el arduo y abundante proceso de recuperación de la memoria ferroviaria de Cruz del Eje. Con aportes de historiadores, escritores, periodistas, cineastas, músicos, artistas y docentes, en muchos casos plasmados en obras reconocidas a nivel nacional y más allá; en otros simplemente desde la empecinada memoria oral: Cristina Cafure, Graciela Gonano, Tuti Álvarez, José Luis Planas, Lucila Nieto, Marga Espeche, Verónica Rocha, Luciano Velárdez, Ricardo, Héctor y Dino Valentini, Pablo Villalba, Manuel Ibáñez, Mario Vélez, Mario González “Jairo”, César Rossi, Hugo Quiroga, Mery Murúa, Martín Oliva, Alejandro Gobbi, la banda Estación 69, los grupos literarios El próximo tren y Los locos de la estación, la Junta Municipal de Historia, la Mesa por la Memoria, Carlos Murúa hijo y todos los que nos sumamos a la bienal ferroviaria que tuvo su primera edición el año pasado. Y tantas y tantos más.

Todo ese acerbo inspira y alimenta este memorial, idea de la artista visual y compañera de la Bienal Susana Teresa Gutiérrez, alias Maloca. “Soy una observadora del trabajo silencioso y que no se ve, el trabajo pequeño y cotidiano. La finalidad del memorial, es hacer ver a los trabajadores y trabajadoras que creaban y sostenían día a día esta historia”, dijo en estos días.

Así lo pensó y así lo asumimos, como un tributo simple y contundente a aquellos hombres y mujeres que aquí trabajaron durante las ocho décadas en que esto estuvo vivo. Como un manifiesto contra el olvido. Y no pudo ser una de las obras que formaron parte de su primera edición, porque investigar la historia de los trabajadores en este país no es tarea fácil. Nunca lo fue y ahora menos.

El año pasado, cuando quisimos consultar los legajos del personal de nuestro ferrocarril, escribimos a la dirección de Trenes Argentinos Capital Humano de la Nación, la DECAHF, encargada de la gestión de los recursos humanos, capacitación del personal y resguardo de la historia ferroviaria, donde un par de años atrás yo había gestionado los legajos de mi padre y mi abuelo materno, con una pronta y favorable respuesta. Esta vez, el correo quedó sin responder. Después nos enteramos por la Unión Ferroviaria que el Gobierno nacional había dispuesto su cierre definitivo el 17 de diciembre de 2024, lo que implicó la reducción de 1.388 puestos de trabajo bajo la modalidad de disponibilidad y la eliminación de 23 cargos jerárquicos. ¿Algún día alguien hará un memorial que les ponga nombres a las cifras del brutal y masivo ataque actual a los trabajadores? Y también me pregunto: ¿Qué están haciendo con nuestro patrimonio? Y más que nosotros, los jóvenes y niños, ¿qué fuentes van a tener para conocer la historia si se eliminan o se impide el acceso a los archivos? Igual seguimos adelante en la búsqueda con la colaboración de las familias y la comunidad. En algún sentido, creo que fue mejor así, porque el memorial tiene un valor autónomo, histórico y estético, que merecía un momento propio y una presentación especial. Y que pueda desarrollarse en colectivo, por el grupo de la Bienal, las instituciones y la comunidad de Cruz del Eje. Al final, como dijo Susana, “la semilla dio sus frutos”.

Por estos nombres que aquí podemos leer, y otros que iremos recuperando de ahora en más, pasaron múltiples identidades sociales, políticas y culturales: socialistas, liberales, comunistas y anarquistas; radicales y peronistas; creyentes, ateos y agnósticos; hinchas de Central Norte, Talleres, Tráfico, Independiente u Olayón, pero todos casi sin excepción con una conciencia de clase trabajadora y de su importancia en la vida social y cultural, con un compromiso férreo –literalmente férreo– con la solidaridad entre pares.

A ellos les obsequió el artista plástico Carlos Murúa este mural inspirado en la leyenda de nuestro origen e identidad, un 30 de agosto de 1972, en el Día del Ferrocarril Argentino, pocos años antes de la debacle. Es un milagro que esa obra haya sobrevivido en este lugar, que durante tantos años fue cementerio de trenes, comarca del saqueo, territorio del olvido… Hasta que su hijo y un grupo de vecinos y vecinas, artistas, restauradores, también funcionarios locales y provinciales, comenzaron a comprometerse con su recuperación. Y parece ser –quiero creer– que el milagro se prolongó y multiplicó para, como dice la convocatoria a este encuentro, “que nuestra estación sea, hoy más que nunca, un nuevo punto de partida para nuestra comunidad”. En este mismo tiempo, la tierra está devolviendo los restos de los desaparecidos en el ex campo de concentración y exterminio de La Perla, gracias a la tarea conjunta de familiares, antropólogos y funcionarios de la Justicia, gracias al reclamo histórico de la militancia por los derechos humanos. De un modo similar, este memorial también hace aparecer y devuelve los nombres de nuestros ferroviarios.

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